El mecánico y el aprendiz. Comienzo.

Ricardo comenzó a trabajar con tan solo siete años en el taller de bicicletas de su padre. A los diez, conocía todas las reparaciones que podían hacerse en ellas.
Como el taller solo generaba trabajo para obtener un único jornal, su padre, le aconsejó que trabajara con su tío Claudio, el cual se dedicaba a hacer arreglos en motocicletas.

El chico resultó avispado y  en poco tiempo montaba y desmontaba con gran soltura los motores de cuatro tiempos. 
Algunas tardes, después de la jornada de trabajo, coincidía con su padre. Se sentaban en la plaza del pueblo, y mientras tomaban un refresco, observaban y conversaban. 
El coche ya no era un artículo de lujo y los Seat 600 se dejaban ver por las calles de aquella localidad de la campiña sevillana.
- "Este es el futuro, hijo. La gente busca comodidad" -aseguraba el hombre.

Ricardo tomó las palabras de su padre al pie de la letra y partió a la capital para adentrarse en el mundo de la automoción. A un chico de pueblo, trabajador, honesto y con buenos conocimientos prácticos de mecánica, no le resultó difícil entrar en la plantilla de uno de los mejores talleres de Madrid. Comenzó como ayudante y gracias al maestro de taller, se convirtió en un buen mecánico.
Transcurridos unos años, con los ahorros,  pudo montar un taller propio en su pueblo natal.

En su negocio siempre aceptaba aprendices, pero cuando tenía que reparar un motor, se tapaba con sacos para evitar ser visto mientras manipulaba el motor.
Le había costado mucho crear aquello y no estaba dispuesto a que otros conocieran los "secretos de la mecánica".
Cuando sus empleados le preguntaban por los motivos de su ridículo ocultismo, respondía:
- "Bastante tenéis con los cambios de aceite, neumáticos, pastillas, niveles..." "Y no es bueno que sepáis tanto, je je je" -acompañaba con una risa sarcástica.

CONTINUA EN: "El mecánico y el aprendiz. Final"
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