Esto es un circo

 
En algunas ocasiones seguro que habéis oído esta expresión referida al ámbito laboral.
"Esto es un circo"
No creo que haya expresión más desacertada, pues el circo engloba sin lugar a dudas competencias claves para el desarrollo del trabajo y muy especialmente para los equipos de trabajo.
 
Está ya superado que los equipos de trabajo difieren de los grupos de trabajo. El equipo dispone de una serie de aspiraciones que lo posicionan en un escalafón superior al simple grupo. Posiblemente esas diferencias estén resaltadas en el ejemplo del mayor espectáculo del mundo.
 
Los profesionales circenses saben lo que es trabajar en equipo. Algunos participan en un número, otros en varios. Hay personal que están dedicados a todo el espectáculo: instalación, iluminación, seguridad, accesos o por supuesto el control económico.
 
Un buen circo que se precie tiene también su propio I + D desarrollando nuevos números para ampliar la variedad del espectáculo y para conseguir que siempre sea atractivo para el espectador.
 
Si la expresión "Esto es un circo" pretende hacer referencia a un colectivo desorganizado... Nada más alejado de la realidad. Todo debe estar perfectamente ensayado para su puesta en escena. Si algo debe sobresalir en los profesionales circenses es la organización (pues trabajan de una manera itinerante).
 
Tal vez sea por todas esas características únicas que quien se ha desarrollado en el mundo del circo, lejos de avergonzarse de su condición, presume de ella, como aquel boxeador mexicano de los noventa, Jorge Páez, que celebraba cada victoria con una pirueta con la que se ganó el apodo de "El maromero" y con la que anunciaba al mundo su pertenencia al gremio desde el día de su nacimiento en el mismo Circo Olvera.
 
Así que la próxima vez que escuchéis la expresión "Esto es un circo", acordaros de la importancia de algunos valores:
  • Trabajo en equipo. Búsqueda del bien global.
  • Compañerismo. Ayuda mutua.
  • Disciplina. Esfuerzo impulsado por el afán de superación.
  • Espíritu de sacrificio y sentido de pertenencia.
  • Organización.
  • Desarrollo y mejoras. Análisis de la competencia (modas).
  • Y si queréis y porqué no, un toque de humor, que siempre es de agradecer.

Los enemigos del talento II

 
Ha llovido bastante desde que escribí un post que mantengo en vigencia: Los enemigos del talento. En el mismo, relacionaba una serie de frases tóxicas que funcionaban como armas de destrucción masiva de la motivación (estado vital en el noble oficio de vender).
 
El ser humano por naturaleza es crítico y tiende a pensar que lo ajeno supera en casi todo a lo propio. Siempre he escuchado y en todos los sectores quejas sobre la mejor posición y ventajas de la competencia. Si no somos capaces de valorar nuestras propias fortalezas: ¡El enemigo está en casa!
En empresas de menor cuota de mercado y estructuras, se ambiciona la comodidad del líder: "Lo tienen todo vendido" "Así es fácil"
En la otra cara de la moneda, en empresas líderes, se ambiciona la falta de riesgos de pequeños competidores así como su mayor simplicidad de procesos: "Ellos no tienen nada que perder" "A nosotros nos exigen mucho más" "Allí se vive mucho mejor"
 
Unos y otros miran con recelo y en algunas ocasiones surge la famosa pregunta: ¿Por qué no se valora lo que tiene hasta que se pierde?
 
En estos entornos surgen esas frases tóxicas que erosionan el positivismo (vital para sobrevivir en las trincheras de la venta). Algunos eligen el rol catastrofista: "Hacemos agua. El barco se hunde" "Vamos cuesta abajo y sin frenos" ...
Otros optan por la comodidad de buscar responsables exógenos: "La dirección es del TBO" "Éstos no tienen ni p... idea" "Me han dado la peor cartera"
Entre unos y otros se enrolarán en el club oficial de los plañideros de la venta, confabulados para pisar cualquier brote verde de esperanza. En algunas conversaciones, competirán para ver quien es capaz de ver más aspectos negativos en el entorno o quien es más desdichado en su puesto. Parece que ser positivo no está de moda.
 
La otra opción es mirar con valentía hacia dentro y valorar lo que tenemos sin necesidad de perderlo. ¿Cómo podemos mejorar la organización? ¿Qué se podría plantear para ser más competitivo? ¿Recordamos juntos nuestras fortalezas?
Y todo ello para llegar a la conclusión que el principal recurso de la organización (sea grande, pequeña o unipersonal) es el humano y está dentro de nosotros.
 

¿Lloras o vendes pañuelos?



Cuando mejora el tiempo, apetece salir. El pasado domingo, mientras mis hijos patinaban en el parque, me encontré con un antiguo compañero del colegio.

Hacía bastante tiempo que no lo veía. Tras comentar varios recuerdos y hablar algunas cuestiones personales, le puse al día de la actividad profesional que desarrollaba y le devolví la pregunta maldita: ¿Y a tí como te va? Digo lo de maldita, porque generalmente suele ir seguida de quejas y lamentaciones. Pero mi amigo sonrió.

Con agrado me contestó que seguía regentando el antiguo supermercado de barrio que abrió su padre en la década de los 60 y que el negocio le marchaba francamente bien.
Alabé el mérito de haber sobrevivido a la proliferación de las grandes superficies y cadenas de supermercados, así como los establecimientos orientales y los de descuento duro.
Mi amigo volvió a sonreir y me dijo que su padre le había enseñado una frase: "Mientras los demás lloran, nosotros vendemos los kleenex".

¡Buena filosofía!

Para vender esos pañuelos habían establecido un horario comercial más agresivo en festivos. Tenían secciones de productos frescos y se habían unido a grupos de compra para lograr precios más competitivos.

Al día siguiente, coincidencias de la vida o de la inteligencia artificial, Facebook me recomendaba que siguiera la página del establecimiento. No lo dudé. 
En su portal: Quesos viejos zamoranos se anunciaban a buenos precios. Miel comprada en origen servían también de reclamo cuando se acercaba el tiempo de las torrijas junto al bacalao de cuaresma, y así, un sinfín de ofertas con fotos atractivas. 


200.000 visitas




Queridos lectores y amigos:

Esta semana "La venta desde las trincheras" ha superado las 200.000 visitas. Jamás pensé que estos números pudieran alcanzarse en un blog humilde, escaso de recursos y sin excesivas pretensiones más allá de las de compartir.

En primer lugar tengo que pedir disculpas. En la bitácora se ha descendido el ritmo de publicaciones, entrando en una dinámica de irregularidad. No obstante, los buscadores parecen que son generosos con La venta desde las trincheras y el número de amigos que nos visitan va incrementándose, dejando en muchas ocasiones comentarios que enriquecen los contenidos. ¡Muchas gracias!

200.000 son muchas entradas, pero no deja de ser un número. Al principio debo reconocer que me abrumaban los datos y los seguía con atención. Con el transcurso del tiempo me di cuenta que los números no son más que tales. Que es más importante la calidad a la cantidad, al igual que la dirección prima sobre la velocidad. Y aquí es donde mis GRACIAS van con mayúsculas, pues este medio me ha permitido descubrir a personas maravillosas. 

No puedo comprometerme a una continuidad de contenidos, pues no me gusta ser repetitivo con la temática y en casi 300 post, se han tocado muchos temas. Mi compromiso es el de darle continuidad, pero solamente cuando realmente crea tener algo que pueda aportar. 

Durante la vigencia de La venta desde las trincheras, he tenido la oportunidad de aprender en todas las esferas de la vida. Es por ello que le tengo mucho cariño a este medio, que me acompañó en los momentos más necesarios. Y más aún a todos vosotros, sin los cuales nunca habría tenido sentido ninguno de los artículos. 

Ya no me apasiona llegar a las 300.000, ni al medio millón o al millón. Me apasiona continuar... Seguir avanzando y compartiendo con todos. 

200.000 Gracias.


Empaque y honestidad


Hace unos días, compré en el supermercado un paquete familiar de patatas fritas. En su embalaje, además de destacar su carácter de producto premium con un sello de "Garantía de calidad", se hacían hueco un dibujo de sus ingredientes: patatas, una aceitera y sal. Todo ello rodeado de ramas de olivo con aceitunas. No hacía falta ser ningún lince para imaginar que las patatas estaban fritas en aceite de oliva. Sin embargo, al dorso y a pesar de continuar la decoración de olivas, en el listado de ingredientes venía la cruda realidad de las patatas fritas: patatas, sal y aceite de girasol.

En otra experiencia de compra reciente, adquirí una pasta de dientes específica. El dentífrico, que tiene bastantes propiedad beneficiosas para las encías tiene un sabor y textura bastante desagradable. En el tubo, viene un pequeño gráfico del sabor: "apreciación del sabor", donde reconoce que al principio su sabor es desagradable, pero que en un proceso gradual, te puedes llegar a acostumbrar en unos 15 días. Está claro que el gráfico representa una prueba de fe, pero que constituye una muestra de honestidad de la que carece el primer ejemplo.

El engaño al consumidor es castigado. La honestidad recompensada.

El trabajo comercial se basa en esos mismos principios: Empaque y honestidad. Es honesto dulcificar una realidad, de hecho es una habilidad comercial, pero nunca jamás dar pie a la confusión o la mentira. En ambos ejemplos vemos claramente el límite.

Y me viene a la mente una viñeta del gran e ingenioso dibujante argentino Quino, donde una amiga le dice a la protagonista Mafalda: "La honestidad es un regalo muy caro, no lo esperes de gente barata..."